Es una reacción casi automática: aplicamos perfume en una muñeca, la frotamos contra la otra y luego tocamos el cuello. ¡Detente! Este es el error más común y destructivo en el mundo de la perfumería.
Al frotar la piel, generas una fricción por fricción térmica que altera la composición química de la fragancia. Esto rompe instantáneamente las delicadas notas de salida (las más ligeras y frescas) y acelera la evaporación hacia las notas de fondo. El resultado es un perfume que dura mucho menos y que no se desarrolla como el perfumista lo planeó.
La forma correcta de aplicarlo es simplemente atomizar a unos 15 centímetros de distancia y dejar que el líquido se asiente y seque por sí solo sobre tu piel de forma natural.
